oct 21, 2009

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El trueque

Pasé unos quince años de mi vida alimentando mis fantasías con machos maduros de brazos potentes, abdominales bien definidos, y pectorales amplios y peludos donde reclinar mi cabeza después de una ardua sesión sexual. ¿Para qué? Para enamorarme perdidamente de un flacucho adolescente. Javier tiene 17 años, es casi raquítico, se estira verticalmente a un 1 metro 80 y es lampiño. Ni siquiera es muy guapo, pero lo salva su sonrisa que convierte a ese renacuajo en un príncipe de lo más sexy. Pero esto no es un cuento de hadas. Si lo fuera, yo sería un galán salido del gimnasio con un miembro descomunal e insaciable. A decir verdad me han dicho que estoy bueno, pero tengo un pequeño defecto. Pequeño defecto que no llega a 12 centímetros. Me imagino que por eso he pasado mis 30 años casi célibe. Las experiencias sexuales las puedo contar con los dedos de la mano con la que debo matarme las pajas.

Javier y yo contábamos como dos años y medio de amistad platónica. Nos habíamos conocido porque ambos frecuentábamos El Trueque, una pequeña tienda dedicada a los coleccionistas de monedas y estampillas ubicada en el centro de la ciudad. El lugar casi siempre era frecuentado por las mismas personas, así que era fácil entablar amistades. El dueño nos tenía confianza a ambos, y en varias ocasiones nos había dejado a uno o al otro a cargo de la tienda, mientras él hacía diligencias.

Quizás Javi sospechaba que yo era gay porque no se me conocían novias oficiales. A él tampoco se le conocía pareja, pero su actitud hacia la homosexualidad, las pocas veces que afloraba el tema, era bastante negativa. Por tanto me abstuve de declararle mi predilección por los machos, y le oculté mi deseo de tener algo con él.

Hace un mes, en una de sus tantas visitas a mi apartamento para jugar damas chinas, las usuales conversaciones banales tomaron un curso inesperado.

“Hoy por El Trueque pasó un señor llamado Jairo Guzmán. Me preguntó por ti.”

Me puse nervioso. Un par de semanas atrás, ese hombre sesentón, médico de profesión, me había seducido en plena tienda y me había chupado la verga detrás de unos estantes. Yo tenía tanto tiempo sin sexo que lo invité a mi apartamento esa noche donde degusté de su veterano miembro, que inesperadamente fue el primero en conocer las profundidades de mi culo. Hasta ese momento me había limitado a intercambiar mamadas. Sólo en una ocasión, había ligado por Internet con un chinito totalmente pasivo que, si bien me privó de la oportunidad de probar una verga oriental, me dejó probar por vez primera las delicias de explorar un trasero de hombre con mi pene. Pero nunca me habían penetrado, y el Dr. Guzmán es de esos que consideran que la relación sexual no acaba si no es en el culo de otro macho. El doctor preparó el camino con un delicioso masaje dígito-anal mientras me chupaba la verga. No sacó sus dedos hasta que le acabé en su boca, pero en vez de tragar, botó el contenido de su boca sobre su miembro. Me coloqué en cuatro y Guzmán me empujó los pelitos para dentro. Cómo les dije, siempre tenía fantasías con hombres maduros, pero siempre pensé que a los 60 ya no había vigor. Pero la verga ligeramente encorvada que salía del nido de pelos púbicos canosos era poderosa y se mantuvo erecta por lo que pareció media hora de una atlética y aleccionadora sesión de placer anal. Experimenté su verga en varias posiciones antes que vaciara su esperma en mí.

Como no lo volví a ver, creí que se había olvidado de mí, pero era evidente que regresó al Trueque buscando acción y se encontró con Javi. Le dije al flaco que nos habíamos conocido unas semanas atrás.

Según Javier, el doctor le preguntó si me conocía y el flaco le respondió inocentemente que éramos buenos amigos. Guzmán supuso que éramos más íntimos, y quiso repetir el acto detrás de los estantes con Javi. El flaco se negó bajo la excusa de no hacerlo en un lugar público, pero Guzmán insistió en buscar hacerle una felación a mi amigo diciéndole que ya me la había chupado allí unas semanas atrás.

“Bueno, Javi, yo no iba a desperdiciar la oportunidad de que me la mamara. Es más debiste aprovecharlo tú también, porque te diré que el doctorcito la chupa muy bien.”

“No creo, Bencho. ¿Y si termino con su verga metida en el culo, cómo te pasó a ti?”

El doctor había hablado mucho más de la cuenta. Traté de hacerme el desentendido:

“¿A qué te refieres, Javi?”

“No te hagas el loco, Bencho. ¡Tranquilo! Yo sospechaba que eras gay desde hace tiempo. Yo le seguí la corriente al viejo para averiguar más de ti. Claro, no creí que me fuera a contar tanto detalle, pero supongo que lo hizo para tratar de excitarme. ¿En verdad que te trajiste al viejo aquí para que te cogiera?”

No valía la pena negar mi sexualidad. Pero en ese instante me incomodaba hablarle de mis aventuras en cuatro, y se lo hice saber. Pero el flaco insistía en saber más sobre mis actividades homosexuales. Traté de volcar hacia él la conversación:

“Me extraña tanta curiosidad: ¿Será que a ti también te gusta la cosa, flaco?”

“¡Un momento, Bencho, no me malentiendas! A mí me gustan las mujeres. Aunque a mi verga le da lo mismo que lo esté mamando una mujer o un hombre.”

“O sea, que ya te lo has dejado chupar por un hombre… Te la dejaste mamar por el doctor esta tarde, ¿Verdad?”

El flaco se sonrió maliciosamente, se agarró el bulto y me dijo: “Pero no me importaría repetir”

“¡Ven y párate aquí!” Le dije con firmeza.

Javier se levantó de su silla y puso su paquete frente a mí. Desajusté la correa, desabroché el pantalón, bajé el cierre, y dejé que el blue jean se desplomara a sus pies. Las veces que le había revisado el bulto al flaco, siempre me pareció que tenía mucho que ofrecer, y el relleno que había dentro de sus interiores blancos confirmaba mis sospechas. Agarré el interior por las rectas caderas del flaco y se lo bajé de un tirón. Rodeado de un tupido arbusto de pelo negro, tenía ante mí un hermoso y grueso pene que aún flácido medía más que mi erección. El prepucio no era suficiente para recubrir del todo el glande, que asomaba su punta. Los testículos eran pequeños en comparación pero le colgaban bajo y sueltos, invitándome silenciosamente a jugar con ellos. Sus genitales despedían el fuerte olor de saliva y semen que corroboraba la chupada que Guzmán le había propinado horas antes.

“¡Coño, Javi: tremendo palo!”.

Coloqué mi mano entre el miembro y las bolas, y lo levanté en la palma de mi mano. Lo acaricié para darle rigidez y le quité unos pelitos para que no estorbaran la mamada que venía.

“¿Te gusta mi verga, Bencho?”

“Déjame probar”

Con los labios rodeé la cabeza de su creciente pene aun recubierta del prepucio. Con la lengua le busque la punta y se la lamí. Javi suspiró. Saqué el pene casi erguido de mi boca, no sin antes chuparle la cabeza con un obsceno ruido de succión. Manoseé el miembro de Javi hasta que quedó completamente parado, logrando en plenitud sus 22 centímetros y medio de longitud, medidas que he corroborado en subsecuentes encuentros. Me puse a pulir su amplio glande con la lengua, y con la mano le restregué la saliva de la punta del pene hasta la base, masturbándolo y volviendo a metérmelo en la boca mientras le agarraba suavemente las bolas. Mi amigo disfrutaba la mamada tanto que me agarró por los hombros buscando balance, pero aún así le empezó a temblar una pierna.

Lo hice desnudarse por completo mientras yo me quitaba la camisa. Me arrodillé frente a él, para seguir chupando su verga y me recompensó librando abundante líquido pre-seminal. Me imaginé que este macho daba una cogida muy bien lubricada. Mi miembro empezó a impacientarse en los confines del pantalón. Aprovechando que el flaco cerró los ojos en deleite, aproveché de liberar mi pene y darle una caricia de vez en cuando para consolarlo un poco. Pero me concentraba en el imponente miembro de Javier. Se lo lamí todo con desespero, le recorrí la cabeza con la lengua, besándole la punta y manoseando el formidable tronco carnoso. Le hice cosquillas en las bolas las cuales me metí en la boca mientras lo masturbaba. Pero siempre volvía a los alrededores del glande que ya empezaba a colorarse ante mi violento ataque. El flaco no tardó mucho en templar el cuerpo, aferrándose al sillón con fuerza y tirar dolorosamente de mi pelo. Un gruñido profundo anunció un trío de copiosos chorros de leche que llenaron mi boca, los cuales me apuré a tragar gustosamente.

Me levanté con mi verga empuñada, masturbándome y le pregunté si quería darme una chupadita. Pero se excusó para ir a mear. Miré con admiración ese culito que iba camino al baño, y aproveché su ausencia para terminar de desnudarme. Pero fue en vano. Al volver, entre la propuesta de mamarme y encontrarme completamente desnudo, me dijo que se estaba haciendo tarde y que debía irse. Empezó a vestirse y yo resignadamente me puse el pantalón, dejando los interiores y la camisa tirada en el suelo.

“Flaco, no estarás apenado por lo que hicimos, ¿Verdad?”

“¡No, en verdad que no!”

Sospeché que temía que yo lo obligara a hacer algo. Puse mi mano sobre su hombro:

“Bueno, flaco. Me consta que gozaste. Y a mí me encantó darte placer, así que ojalá se repita. Y mira: aquí nadie está obligado a hacer nada. ¿Te parece?”

“Sí Bencho. No hay problema. Ciao… y ¡Gracias!”

“Gracias a ti. Cuando quieras”

Nos despedimos con un apretón de manos como si lo que habíamos hecho era una transacción comercial. ¡Y pensar que yo aun tenía fresco el sabor de su leche en la boca! Inmediatamente tuve que masturbarme, pero no quedé del todo tranquilo. Esa noche no podía conciliar el sueño, como embrujado por la verga de Javier. Me inundaban las ganas de que él me cogiera. Me metí hasta tres dedos imaginándome que el flaco me poseía, pero no era suficiente. Tuve que levantarme de la cama y en la nevera conseguí un pepino de buen tamaño que lubricado con loción de manos, ayudó a hacer más reales mis fantasías. Invoqué el nombre de Javier como una puta desesperada y acabé con tal fuerza que tuve que darme otra ducha. Dormí aferrado a la almohada imaginando que estaba en brazos de mi amigo. Temía que el flaco se arrepintiera de la mamada o que le diera vergüenza y que no volviera más a buscar mis atenciones sexuales.

Pero la siguiente tarde, el flaco llamó para ver si podía visitarme. ¿Cómo decirle que no? Después de año y medio de amistad platónica con él, la noche anterior había logrado finalmente tener una experiencia sexual con él. Sólo le logré chupar la verga, pero esperaba que esta noche se profundizaran nuestras experiencias. Me duché y, por si acaso se hacían realidad mis deseos, me lavé muy bien el culo.

Por primera vez, una visita del flaco no comenzó frente al tablero de damas chinas. Nos sentamos en los sillones de la sala y hablamos un rato.

“Entonces Bencho, ¿Siempre has sido gay?”

“Desde que recuerdo. Pero tampoco he tenido mucha experiencia. Pero siempre he tenido atracción por los hombres”

Javi respondió: “A mí las mujeres me gustan más. Pero, parece que las mejores ofertas que he tenido son de machos. Parece que tengo un imán para los gay”

Un imán bien grande, pensé para mí. “Aparte de lo de ayer, ¿Qué otras experiencias sexuales has tenido?”

Javi se sonrojó un poco. “¡Coño, Bencho!… Yo nunca había hablado antes de esto. Una vez en un viaje a la casa de playa de mis padres fuimos con una joven pareja que eran amigos de oficina de papá. Yo tendría como trece años y por ingenuo no pensé mucho de las miradas que me hacía mi tío Andrés -yo le decía ‘tío’ por costumbre, aunque calculo que apenas tendría veinte años. Eran un matrimonio joven, sin hijos. En fin. Yo duré mucho más al sol que mis padres y la esposa de Andrés, y ellos se regresaron a la casa de playa para cambiarse e ir a buscar la cena al mercado del pueblo. Tío Andrés se quedó para cuidarme. Al rato me dijo que ya era mejor que saliéramos del sol y nos encontramos solos en la casa. El se metió a la ducha con el traje de baño puesto y me dijo que lo acompañara. Pero una vez adentro se desnudó y me dijo que hiciera lo mismo. Ahí me preguntó si tenía novia, y que si me masturbaba. Como yo me puse todo apenado me dijo que masturbarse era normal y que él aun lo hacía. No tardamos mucho en estar pajeándonos como si fuera lo más normal del mundo y él se concentró en masturbarme a mí. Me preguntó si me la habían chupado, pero antes de que pudiera contestarle Andrés estaba de rodillas dándome mi primera mamada mientras se masturbaba. Él acabó primero entre gemido y gemido, lo cual hizo que yo también me chorreara. Mi leche se le desbordaba por la barbilla.”

El flaco se detuvo para ajustarse la erección que crecía dentro del pantalón, y siguió.

“Andrés y yo nos vestimos y él, por supuesto, me rogó que no lo dijera a nadie lo que habíamos hecho. Yo le hice varias preguntas, sobre todo porque él era casado y lo de la bisexualidad era algo que desconocía: Yo pensaba entonces que o eras macho o eras hembra o eras maricón. Pero él me contó que aun disfrutaba sexualmente con su esposa. Mi curiosidad me llevó a preguntarle sobre sus otros encuentros homosexuales y entre relato y relato yo me excité nuevamente. Andrés no desperdició mi erección y volvió a chupármela, pero al rato propuso que se lo metiera por el culo. En la cama que estaban usando él y su esposa, empezamos a coger en misionero. Tío Andrés normalmente actuaba bastante macho. Pero con las piernas abiertas y mi verga entrando y saliendo de su culo se comportó como una mujer, lo cual me excitó mucho. Justo cuando acabé oímos a los demás que regresaban de compras. Logramos desengancharnos pero la esposa de Andrés entró antes que pudiéramos vestirnos. No le debe haber quedado duda alguna de lo que sucedía, pero como yo era ‘un niño’, toda discusión de lo que sucedió se hizo fuera de mi presencia. Me imagino a Tío Andrés con su culo lleno de mi leche tratando de decirle a su esposa que no había pasado nada. Lo cierto es que no volví a ver a Andrés.”

Javi se manoseaba lujuriosamente el frente del pantalón y me preguntó:

“Bencho, y a ti… ¿Te gusta que te den por el culo?”

“No te creas, flaco. Yo usualmente prefiero el sexo oral. No me la paso repartiendo el culo a cualquiera”.

Javi se bajó el cierre y se sacó la erección. “¿Y a mi no me lo darías?”

Me arrodillé frente a él y agarré su miembro caliente. Apreté el cuello haciendo que el glande se le hinchara más. Se lo besé y lamí. Lo masturbé un poco y me lo metí en la boca para darle una chupadas. Me suplicó:

“Déjame metértelo, Bencho”

“Vamos al cuarto y nos ponemos cómodos. Si te portas bien te doy el culo.”

Minutos después estábamos en el cuarto desnudos en la cama: él acostado boca arriba y yo a un lado con su descomunal miembro en la boca. Dos veces tuve que detenerlo de tratar de empujar su miembro hacia lo profundo de mi garganta, mientras me preguntaba reiteradamente si me gustaba su verga.

“¡Si chupas rico, Bencho!”

Rodeé la cabeza de su pene con mis labios y le lamí el orificio. Me puse en posición para que mi erección estuviera a su alcance. Tímidamente empezó a masturbarme. Sentí su aliento cerca pero no se atrevió a metérselo en la boca.

“Vamos Javi, ¡Mámamelo un poquito y te doy el culo.”

Él propuso lo contrario: “Dame el culo primero y después te lo chupo”

La verdad es que no confiaba que él cumpliría el trato, pero con las ganas que yo tenía que el flaco me la metiera, yo no tenía nada que perder. Con el envase de loción aun a mano después del episodio con el pepino, no tuvimos que perder mucho tiempo para lubricar su pene y yo ponerme boca abajo en la cama.

“Dame con delicadeza, que esa verga tuya no es cualquier cosa.”

Javier me montó y colocó su engrasado miembro entre mis nalgas. Me abrí con las manos y le pedí una vez más un poco de gentileza. Mi amigo me penetró completo de un sólo empujón y yo quedé casi sin aire. ¡Qué dolor tan inmenso! Debí practicar con un pepino más grande. La verga del Dr. Guzmán también había sido considerable, pero nada me había preparado para el machete el flaco.

“Tienes ese culo caliente… ¡Rico!”

Yo le respondí con un quejido de los que dicen que “duele pero quiero más”. Javier empezó a cogerme suave y lento. Inicialmente el único contacto que teníamos era debajo de la cintura, ya que Javi mantenía los brazos estirados contra la cama, alejando su pecho de mi espalda. Pero al rato bajó su cuerpo encima del mío abrazando mi pecho con fuerza. Sentí su entrecortado aliento mientras me metía y sacaba su pene. Pero la posición no le dejaba penetrarme demasiado. Me empezó a clavar en estilo perrito.

“¡Qué rico me estás dando, flaco!”

Estuvo como 10 minutos metiéndomela en esa posición. Javi sacaba su tranca completamente y luego lo volvía a meter en mi culo. Me agarraba por los hombros o las caderas y me apretaba hacia él mientras empujaba su verga más y más hacia adentro. El flaco apenas dejaba escapar un gruñido de vez en cuando al cual yo le contestaba con un suspiro o con un quejidito para hacerle saber que estaba dándome donde era. La verdad es sentía que a Guzmán le había hecho el favor de darle el culo, pero con mi flaco la cosa era distinta. Le ofrecía mi trasero como un obsequio de amor, pero a la vez, yo quería darle tanto placer que no buscaría metérsela a nadie más que a mí. Yo ondulaba el trasero como el de una negra bailando cumbia. Echaba hacia atrás para que me diera profundo, trataba de apretar el ano para de alguna manera loca aprisionar su miembro. El flaco se cansó de la posición y me desmontó. Le dije que se acostara boca arriba, y me subí a él de frente para dejar deslizar mi culo sobre su erguido palo. Alterné entre subir y bajar y menearme con su verga metido hasta el fondo. Pero cabalgar a Javi resultó agotador y tuve que quedarme inmóvil por medio minuto. Javi aprovechó mi descanso para explorar mis genitales con delicada curiosidad. Decidí ver que tan decidido estaba mi flaco bello a cumplir el trato. Me puse de rodillas, desconectando su pene de mi trasero. Acerqué mi verga a la cara de Javi, quien me masturbó por un rato vacilando ante la siguiente movida. Me acerqué más y finalmente Javier cedió, abriendo la boca y dándome un par de lamidas tímidas. Luego empezó a chupar con entusiasmo. El hombre hacía lo posible por darme una mamada decente. Pero cometí el error de decirle que chupaba muy bien. ¡Para qué hablé! Era como si se hubiese dado cuenta de repente que estaba haciendo una mariconería. Se detuvo y me miró para pedirme que mejor siguiéramos la cópula dónde la habíamos dejado. Rápidamente decidí voltear nuevamente los papeles.

Me puse en misionero y dejé que Javier me ensartara otra vez. Para dejarle bien en claro que el macho era él, vociferé toda clase de halagos a su hombría con la voz más afeminada que podía encontrar, tal como habría hecho su Tío Andrés. “Dame fuerte papi, que así me gusta”, “¡Uy flaco! ¡Me estas partiendo en dos!”. Me estaba clavando con furia y yo seguía gimiendo. Yo usaba las gotas de sudor que de él me salpicaban para lubricar mi pene y masturbarme. La cara de Javi se contorsionaba en placer, estocada tras estocada. “¡Qué verga tan grande tienes!” Llegó un momento en el que nos miramos fijamente a los ojos mientras me cogía. Se detuvo para regalarme el primer beso, pero luego prosiguió su acto puramente sexual. Sentí que se desencadenaba mi orgasmo y cerré los ojos para eyacular sobre mi propio cuerpo. Ante los espasmos que daba el ojo de mi culo, el flaco no pudo más y se templó todo, descargando sus bolas en mis entrañas. Justo cuando creí que ya había terminado, sacó su verga casi totalmente, hasta la cabeza y luego rápidamente arremetió una última estocada que hizo que sus flacos huesos se estremecieran todos. Se desplomó encima de mí y lo abracé fuertemente. Nos besamos un poco más.

Nos duchamos y Javi accedió a quedarse la noche. Nos acostamos desnudos, pero sólo hablamos hasta quedar dormidos. Pero a la madrugada continuó la exploración sexual. Como yo duermo boca abajo, no fue raro despertarme con Javi montado encima buscando insertarme su erección en la oscuridad. Nos agarramos por todos lados, besándonos, lamiendo y rozando nuestros penes uno sobre el otro. A ciegas encontré la loción y piernas al aire tanteamos para que él me cogiera de frente otra vez. Minutos después de otra una vigorosa cópula, nos abrazamos apasionadamente. Recorrí mis manos sobre su espalda, cuello y cabello mientras nos alternábamos chupando la lengua del otro.

“Te quiero, flaco!”

Javi bajó su boca por mi cuerpo y me empezó a chupar la verga. Después de unos deliciosos minutos en los que me tenía retorciendo de gusto, el flaco detuvo para prender la luz y agarró la loción y se echó bastante en la palma de la mano. No podía creer que este flaco me iba a coger otra vez tan pronto. Pero para mi agradable sorpresa aplicó la loción sobre mi pene. Se acostó boca abajo en la cama.

“¿Estas seguro, flaco?”

Él respondió separándose las nalgas para mostrarme el ojo del culo en todo su vulnerable esplendor. Monté al flaco y coloqué mi pene en posición. Pese al reducido tamaño de mi pene, me imaginaba que ese culito virgen iba a sufrir. Pero mi flaco tiene unas nalgas irresistibles y mi miembro tenía 2 años que no visitaba culo alguno, así que no lo iba a perdonar.

Empujé mi verga hacia delante enseñándole al culo un nuevo límite al cual estirarse. Pero el placer que me daba su calentura era inverso al dolor que sentía Javier:

“¡Ay no, Bencho!… ¡Duele mucho!… ¡Sácamelo!”

“Relájate Javi, ya vas a ver que te empieza a gustar!”

“¡No, no! ¡Qué no me gusta!”

“Tranquilízate un rato a ver”

Pero Javi siguió lloriqueando así que decidí dejar de penetrarlo, y me conformé con deslizar mi pene entre sus nalgas por un rato. Mientras lo abrazaba y le besaba la nuca, mordisqueándole la oreja. Pero sentí que el orgasmo lo tenía cerca y no quería desperdiciarlo en su espalda, así que sin pedir permiso, volví a penetrar el apretado y caliente orificio de mi amigo. Sus protestas eran inútiles, puesto que ya mi cuerpo sólo se concentraba en el eléctrico orgasmo que se estaba formando. Enseguida sólo tuve oídos para mis lamentos de placer, mientras bombeaba 4 dosis de semen en lo profundo de su culo.

Javier se enojó mucho conmigo, por supuesto. La verdad es que yo no pude resistir la oportunidad de gozar de mi flaco plenamente, por delante y por detrás. Pero sin duda me había portado bestialmente, y le pedí que en lo posible me perdonara. En fin, pasó una semana sin que me llamara, pero volví a saber de él días después. Entablamos relaciones otra vez pero bajo el entendido que yo no debía penetrarlo. ¡Lástima! Pero esa descomunal verga de Javier me basta y sobra para gozar. Y ahora chupa vergas mejor que yo y se ha acostumbrado al sabor de mi semen. Una vez invitamos al Dr. Guzmán a hacer un trío, pero debo confesar que mis celos no dejaron que yo disfrutara ver a Guzmán disfrutar de la verga de Javi. El doctor tenía la intención de terminar la velada con su arrugado miembro dentro del apretado culo de Javi, pero ante su rotunda negativa de mi amigo, tuvo que conformarse con mi ya acostumbrado culo.

Pero aún confío en el carácter vacilante de Javier, y tengo la esperanza que algún día cambie de opinión y pueda nuevamente gozar del culo de mi flaco.

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